Robotín

La poesía como saco de boxeo

A estas alturas nadie duda de que la escritura, y sobre todo escribir poesía, tiene unas propiedades catárquicas excepcionales, resultando una de las mejores terapias para exteriorizar nuestras emociones, de manera que aquello que, si permaneciera encerrado en nosotros, podría terminar ulcerándonos el alma y, al no encontrar una ventana abierta por la que salir, acabaría rebotando contra nuestros propios huesos. De este modo, independientemente de la calidad del escrito, encontramos por medio de la expresión plasmada en palabras un alivio más o menos decoroso; un pequeño respiradero por el que dejamos salir lo que nos pesa.

Pero la poesía no solo sirve para llorar sin lágrimas, para expresar tristeza cuando no sabemos lo que nos ocurre exactamente, para ponerle nombre nombre al miedo, al deseo, a la nostalgia o a esa melancolía que sentimos al regresar al verano en el que nos enamoramos por primera vez. También puede convertirse, cuando las circunstancias lo exigen, en un saco de boxeo contra el que descargar nuestra impotencia para golpearlo sin palabras hasta quedar sin aliento, dejando que la rabia encuentre una métrica, que el enfado tome forma de metáfora y que la frustración, antes de buscar una víctima equivocada, se estrelle contra el papel.

Todos nos hemos encontrado en situaciones en las que resulta verdaderamente complicado conservar la compostura, como cuando nos damos un martillazo en el dedo y comprobamos, desde el dolor y una percepción de mala suerte, que el martillo permanece impasible mientras se nos empieza a hinchar el dedo. O cuando una cañería se nos rompe precisamente un domingo por la tarde, cuando ya hemos cerrado la ferretería o cuando el vecino de arriba no está y cada gota que cae del techo nos recuerda que la fuerza de la gravedad, al menos durante unos minutos, ha decidido empujarnos hacia el encharcamiento. Esventonces cuando nos damos cuenta que insultar al martillo no sirve de nada, que gritarle a la cañería no nos va a fregar el suelo, y que por mucho que elevemos la voz, ninguna de las dos cosas se va a sentir ofendida ni va a pedir disculpas, razón por la cual resulta más saludable escribir un poema en el que el martillo sea acusado de conspiración, la cañería de terrorismo doméstico y la instalación de fontanería entera de pertenecer a una organización secreta dedicada a atentar contra nuestra paciencia. A tal efecto existen adjetivos placebos que nos ayudan a aliviar la impotencia, como por ejemplo martillo ponzoñoso, cañería basura o metales mamonazos.

Lo peligroso, sin embargo, es que, mientras no encontramos la tinta y el papel idóneos para depositar esa descarga, a veces nos equivocamos de destinatario, porque la ira, que no recapacita y suele presentarse sin llamar a la puerta, puede terminar pagando su alquiler con quien menos culpa tiene: con el familiar que pregunta cómovestamos, con el amigo que llama en el momento menos oportuno o incluso con el primero que se cruza en nuestro camino, como si tuviéramos licencia para convertir a los demás en vertederos de nuestras pequeñas derrotas, y el arrepentimiento es una chapuza para reparar el daño hecho.

Llegados a este punto, siempre podremos encontrar un culpable más digno de nuestra indignación, alguien que esté suficientemente lejos como para no recibir nuestros golpes escritos y lo bastante relacionado con nuestras desgracias como para atribuirle una parte de responsabilidad. Siempre habrá un político corrupto al que culpar de nuestras estrecheces, un nubarrón endemoniado al que acusar de mojarnos la ropa tendida o una compañía metalúrgica que fabrica martillos agresivos. Y quizá escribir sobre ellos, exagerarlos, caricaturizarlos y convertirlos en blancos de nuestra pluma sea una forma más civilizada de devolverles los golpes, porque la poesía nos permite lanzar la piedra sin romper ninguna ventana.

Hay algo liberador en escribir aquello que no nos atreveriamos a gritar, permitiendo que durante unas líneas, nuestra indignación sea desmesurada, que el mundo se pueda haber confabulado en contra nuestra, que el martillo sea facha o comunista y que la cañería sea elevada a la categoría de enemiga pública por recibir órdenes de la IA. Es solo entonces, cuando la rabia consigue salir sin faltas de ortografía, pierde parte de su fuerza y deja de exigirnos que la descarguemos sobre algún allegado. Así el poema se transforma en ese espacio donde podemos dar un puñetazo verbal sin hacer daño, romper un cristal sin cortarnos o mandar al infierno a medio mundo sin que nadie se vea en la obligación de recoger después los pedazos.

Pero llega un punto en que incluso los sacos de boxeo necesitan descanso, del mismo modo que la poesía, que no nació exclusivamente para recibir nuestros golpes ni debería convertirse en una habitación oscura donde encerramos cada fracaso, cada frustración y cada rabieta, porque, si solo acudimos a ella cuando la impotencia nos desborda, acabaremos asociándola con nuestra irascibilidad y olvidaremos que también es muy útil para acariciar aquello que comienza a brotar cuando pasa la tormenta. Por eso, después de haberla convertido a nuestro sparring, conviene lavarle las heridas, sentarse junto a ella y cantarle al amor, a las flores que se abren incluso en otoño, a la luz que trasciende la oscuridad o quien ocupe nuestro corazón.

Porque la poesía puede ser un gran saco de boxeo para desahogarnos, pero si la utilizamos siempre como saco de boxeo, corremos el riesgo de convertirnos en una caricatura de nosotros mismos y terminar matando de rabia y hambre con el pájaro que llevamos dentro.