Hay momentos en que la moral pesa,
como una piedra en el pecho,
y la oscuridad carcome tus entrañas,
un frío que se extiende, lento y profundo.
Donde el abismo suspira a lo lejos,
un silencio que parece llamar,
y te sientes tentado a mirar hacia adentro,
a ver qué hay más allá de esa barrera.
Donde el abismo suspira despacio,
su aliento te roza, su voz te atrae,
y te sientes tentado a lanzarte hacia él,
a dejar que la nada te rompa.
No hay luz que resista, ni mano que alcance,
ni hilo que sujete, ni fe que perdure;
el alma se agota, se vacía, se rinde,
y en su último aliento, se entrega a la oscuridad.
Porque depauperar es quedarse sin nada:
sin fuerza, sin nombre, sin fe, sin camino,
ser sombra que cae, ser eco que muere,
y hundirse en el frío que siempre ha sido el destino.