Es verdad que sobran las calles
que llevan de a poco al olvido,
y aquí afuera, en la pobreza de este barrio,
hay unas cuantas.
Pero uno recuerda que tiene el deber
de abandonar la casa,
de sacudirse de encima la costumbre
de colgar las nostalgias en las mismas paredes.
Abandonar la casa donde las tristezas
descansan cómodas en el mismo rincón,
y hasta en la misma cama.
Y resulta fácil, sentirse acompañado,
por los mismos fantasmas de siempre.
Pasa que uno le va tomando cariño al hambre,
se encariña también con la fatiga de las diez de la noche,
o con esa dudosa paz
que trae el ajetreo de las mañanas.
Pero esta vez la soledad no viene sola,
porque, de un modo casi absurdo,
aprendí también a ponerle tu cara.
Ya sé que allá afuera la ciudad está llena de calles,
y uno trata de engañarse
haciendo los mandados de la tarde.
A veces, me dan ganas de perderme
en el lenguaje hostil
que tiene la intemperie.
Pero tengo la certeza,
de que un día
voy a reconocer de nuevo las esquinas.
Porque estoy seguro,
de que para irse o para volver,
al final de cuentas,
son siempre las mismas calles.