El vapor de la mañana se confunde con la cal de los muros.
El segundero gira sobre el polvo acumulado en la repisa,
mientras los gallos cantan a un cielo de zinc y de ceniza.
No hay memoria en el bache de la calle,
solo un residuo gris, un sedimento que se asienta
en los rincones donde el frío de las cuatro de la mañana
comienza a devorar los brotes secos de la tierra.
Las barcas que partieron bajo el signo del invierno
no dejaron estela en el agua salobre;
los mapas se deshacen en los cajones cerrados
y el oleaje infinito repite su mecánica ciega
contra un acantilado que nadie ha nombrado.
A la hora en que los postes de luz parpadean y se apagan,
un aleteo rompe la quietud del callejón sin salida.
Criaturas de alas pálidas y nerviosas miden la penumbra,
reacias a la primera luz que divide los techos,
atadas a la geometría estricta del jardín clausurado.
Los cálices de las corolas retienen un almíbar espeso,
una trampa dorada en el borde del invierno,
que ofrece su dulzor monótono a las bocas sedientas,
mientras la ciudad despierta entre el humo y el deseo gastado.