El viento se mimetiza con tu pelo,
y la luna, con tu piel.
¿Y no será al contrario?
Hum...no lo sé.
Y el sol juega con tu cuerpo,
le gusta hacerte sombras:
te la alarga, te la acorta,
te la esconde, te la muestra;
por delante, por detrás,
por las ramas, por el suelo...
¿Con qué derecho se cree?
Coquetea contigo
y tú te dejas querer.
¿Y estas olas? ¿Por qué vuelven?
¿No lo has notado?
Se te posan en los pies
y parece que se van,
pero regresan después.
¿Qué será lo que pretenden
cuando llenan la marea?
A veces se quedan quietas
como esperando a su presa
para saltar otra vez.
Y esas espumas blancas...
(Yo creo que son confetis;
sí. confetis con burbujas).
Ellas saben que te tiendes
sobre la orilla y te buscan,
y te empujan
con ese vaivén que mece
tu melena y tu cintura.
Y ¿sabes?, me he dado cuenta:
ambos juegan en equipo.
Las olas dejan sus gotas sobre tus labios
y el sol las ilumina para que brillen
cuando resbalan por la comisura.
Y saben, porque lo he visto,
que abres la boca
y sacas la lengua
para secarte la gota.
(He llegado a ver esas gotitas
incluso por tus pestañas).
Y yo, aquí,
testigo ausente,
observando vuestra fiesta
y esta danza de humedades
a caballo entre el bien y el mal,
entre la tierra y el mar
en esta pista de arena,
en esta isla serena.