En aquella estación de herrumbre y frío,
donde el sol era un reloj de ardiente faz,
hallamos un refugio en el compás
del humo que despega en blanco río.
Recuerdo tu cabello al aire libre,
tus manos indecisas en la espera,
tus tibios labios, pura primavera,
tus ojos donde el húmedo brillo vibra.
Ardió tu cuerpo en celo y en deseo,
el mío, robó tu arrebato, quien
te arrancó de tu éxtasis, un parpadeo,
para fundir en abrazos nuestro pacto,
y elevados en la nube de aquel tren,
más siempre seremos un solo impacto.