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Le dieron el don de mirar el futuro,
pero un dios le dejó por don la herida:
vería arder la noche contra el muro
sin que nadie creyera en su advertida.
Hablaba, y sus palabras eran viento
que golpeaba el rostro de la plaza;
la verdad caminaba contra el tiempo
mientras la multitud cerraba el alma.
“Arderá la ciudad”, clamó al gentío;
el hierro ya respiraba tras la puerta;
pero la risa, dueña del vacío,
echó siete cerrojos a la alerta.
Llegaron los caballos con su engaño,
y el alba vio encenderse las murallas;
la noche fue cumpliendo su calendario
mientras el fuego abría sus entrañas.
Casandra vio caer cuanto amaba,
vio al cielo arrodillarse entre cenizas;
la historia, cuando al fin la escuchaba,
llegó con sus verdades ya tardías.
Qué extraño es escuchar la verdad tarde,
cuando el desastre duerme ya en la casa;
entonces hasta el necio se hace sabio
y encuentra una razón para la brasa.
Todavía hay Casandras en la tierra,
hablando frente a ejércitos dormidos;
advierten que debajo de la piedra
se agita un temblor desconocido.
Y acaso la condena no es vaticinio,
sino decir verdad cuando no quieren oír;
porque hay verdades que llegan demasiado pronto
y el mundo las comprende cuando empieza a morir.
JUSTO ALDÚ © derechos reservados 2026