Luis Barreda Morán

La Última Travesía

LA ÚLTIMA TRAVESÍA

Poema épico en quince cantos sobre la muerte

PRELUDIO

Antes de que se apague la luz

Hubo un tiempo
en que no existíamos.

No había nombre para nosotros,
ni rostro,
ni memoria.

El mundo giraba
sin saber que algún día
habríamos de contemplarlo.

Y entonces nacimos.

Llegamos desnudos
a la inmensidad del tiempo,
con un corazón pequeño
y una respiración prestada.

Nadie nos dijo
cuánto duraría el viaje.

Nadie nos explicó
que cada abrazo
sería irrepetible.

Nadie nos advirtió
que mientras aprendíamos a vivir
también comenzábamos a morir.

Porque desde el primer llanto
ya caminábamos hacia la noche.

Y detrás de nosotros,

silenciosa,

paciente,

eterna,

caminaba la Muerte.

CANTO I

LA INFANCIA

El hombre abrió los ojos.

Y el mundo era infinito.

Una mesa podía ser un continente.

Un jardín, un universo.

La lluvia era una música desconocida.

El cielo parecía no tener límites.

Y la muerte no existía.

O quizá existía,

pero todavía no conocía
su nombre.

Los niños no preguntan
cuánto dura la vida.

Corren.

Saltan.

Ríen.

Creen que sus padres
son eternos.

Creen que las casas
nunca desaparecerán.

Creen que los amigos
nunca partirán.

Hasta que un día
ven una silla vacía.

Una fotografía enlutada.

Un rostro que ya no responde.

Y alguien les dice:

—Ha muerto.

Entonces nace
la primera sombra.

Y el niño descubre
que incluso las personas
que parecen eternas
pueden convertirse
en recuerdo.

CANTO II

EL AMOR

Después llegó el amor.

Y el hombre creyó
haber encontrado
la inmortalidad.

Porque cuando dos seres
se miran profundamente
por primera vez,

el tiempo parece detenerse.

Prometieron:

—Siempre.

Y ninguno comprendió
que aquella palabra
era demasiado grande
para dos criaturas mortales.

Amaron como aman los hombres
cuando todavía no saben
que todo lo hermoso
es también vulnerable.

Caminaron juntos.

Compartieron noches.

Compartieron silencios.

Y un día descubrieron
que amar a alguien
significa también
aceptar el miedo
de perderlo.

Porque el amor
es la única herida
que uno acepta recibir
voluntariamente.

Y aun sabiendo
que algún día dolerá,

decimos:

—Quédate.

CANTO III

LA GUERRA

Luego llegó la guerra.

Y los hombres olvidaron
que todos nacieron
de la misma noche.

Le pusieron fronteras
a la tierra.

Nombres distintos
a la sangre.

Uniformes
a la muerte.

Marcharon miles.

Regresaron pocos.

Los cañones hablaron
donde antes hablaban las madres.

Las ciudades ardieron.

Los campos quedaron sembrados
de nombres sin sepultura.

Y sobre cada bandera
se escribió una palabra:

Victoria.

Pero la Muerte,
que no conoce banderas,

miró ambos ejércitos
y pensó:

—Qué extraño
que los hombres llamen victoria
a llenar la tierra
de muertos.

Porque en el último instante
no existen enemigos.

Sólo existen hombres
que desean regresar a casa.

CANTO IV

EL PODER

El hombre envejeció
y quiso conquistar el mundo.

Construyó palacios.

Acumuló riquezas.

Levantó estatuas.

Puso su rostro
sobre monedas.

Escribió decretos.

Ordenó ejércitos.

Y llegó a creer
que la muerte
era un problema para los pobres.

Hasta que una noche
sintió que su corazón
golpeaba lentamente.

Miró sus manos.

Eran las mismas manos
que habían firmado órdenes.

Pero ahora temblaban.

Miró sus riquezas.

Seguían allí.

Miró sus títulos.

Seguían allí.

Miró su corona.

Seguía allí.

Y comprendió
que ninguna de esas cosas
podía acompañarlo.

Entonces preguntó:

—¿De qué sirve poseer el mundo
si no puedo llevarme
ni siquiera un día?

La Muerte respondió:

—Nunca poseíste el mundo.

Sólo lo atravesaste.

CANTO V

EL HOSPITAL

Hay un lugar
donde los hombres
dejan de ser poderosos.

No importa cuánto dinero tengan.

No importa cuántos títulos.

No importa cuántas fotografías
hayan aparecido en los periódicos.

En una habitación blanca
todos se parecen.

Una cama.

Una ventana.

Una máquina que respira.

Un reloj.

Y el sonido

del corazón.

Tum.

Tum.

Tum.

Cada latido
es una moneda
que el tiempo cobra.

Tum.

Tum.

Tum.

Hasta que un día

silencio.

Y entonces los médicos
bajan la mirada.

Las máquinas continúan.

Pero el hombre

ya no.

CANTO VI

LA VEJEZ

La vejez llegó
sin pedir permiso.

Primero desaparecieron
algunas caras.

Después algunas calles.

Después algunos nombres.

Los amigos comenzaron
a faltar en las reuniones.

Las fotografías
se llenaron de ausencias.

El hombre miró un álbum
y comprendió algo terrible:

estaba rodeado
de fantasmas.

No porque los muertos
caminaran entre los vivos,

sino porque los vivos
caminaban cargando
a sus muertos.

Entonces preguntó:

—¿Por qué el tiempo
se lleva todo?

Y la Muerte respondió:

—Porque si nada terminara,

nada tendría valor.

CANTO VII

EL CEMENTERIO

Una tarde
el hombre entró al cementerio.

Había miles de nombres.

Fechas.

Apellidos.

Flores marchitas.

Piedras.

Cruces.

Silencio.

Y comprendió
que aquella era
la ciudad más grande
que jamás había visto.

Allí estaban:

los ricos,

los pobres,

los sabios,

los ignorantes,

los santos,

los criminales,

los héroes,

los olvidados.

Todos vecinos.

Todos iguales.

Todos silenciosos.

Y entonces pensó:

—Qué extraño.

Pasamos la vida
separándonos unos de otros,

para terminar
juntos bajo la misma tierra.

CANTO VIII

LOS MUERTOS HABLAN

Aquella noche
el cementerio despertó.

No con gritos.

Con voces.

La primera dijo:

—Yo fui un hombre que nunca perdonó.

Otra:

—Yo fui una mujer que amó demasiado tarde.

Otra:

—Yo tuve riquezas
y morí con miedo.

Otra:

—Yo tuve poco
y fui feliz.

Otra:

—Yo esperé toda mi vida
el momento perfecto.

Nunca llegó.

Otra:

—Yo quise decir “te amo”.

Callé.

Otra:

—Yo quise decir “perdóname”.

Fue demasiado tarde.

Y entonces miles de voces
se levantaron desde la tierra:

—No desperdicies tu tiempo.

No porque la muerte
sea terrible,

sino porque la vida
es demasiado breve
para vivirla dormido.

CANTO IX

EL RÍO

El hombre llegó
a un río.

No sabía
de dónde venía.

No sabía
hacia dónde iba.

Sólo veía
el agua avanzar.

La Muerte estaba esperando
en la otra orilla.

—¿Debo cruzar?

—Sí.

—¿Y regresaré?

La Muerte negó con la cabeza.

El hombre miró el río.

Comprendió entonces
que toda su vida
había sido agua.

Los días habían pasado
como corriente.

La infancia.

El amor.

La guerra.

Los hijos.

Los amigos.

La enfermedad.

La vejez.

Todo había fluido.

Nada había podido retener.

Ni una sola gota.

Entonces entró al agua.

Y mientras avanzaba
comprendió:

No tememos a la muerte.

Tememos perder
todo aquello que amamos.

CANTO X

EL JUICIO

Al otro lado
no encontró un tribunal.

No había jueces.

No había verdugos.

No había ángeles
ni demonios.

Sólo una pregunta:

—¿Qué hiciste con tu vida?

El hombre comenzó
a enumerar sus victorias.

La voz preguntó:

—¿A quién amaste?

Calló.

—¿A quién ayudaste?

Calló.

—¿A quién perdonaste?

Calló.

—¿Qué hiciste cuando pudiste ser bueno?

El hombre bajó la cabeza.

Entonces comprendió
que el juicio más terrible
no era el de Dios.

Era el nuestro.

Cuando ya no podemos mentirnos.

Cuando vemos
todo lo que pudimos ser

y todo aquello
que dejamos morir
antes de tiempo.

CANTO XI

EL OLVIDO

—¿Y después?

preguntó el hombre.

La Muerte señaló
una puerta.

Detrás estaba el olvido.

—¿Todos llegan allí?

—Casi todos.

—¿Incluso los grandes?

—Incluso ellos.

—¿Los reyes?

—Sí.

—¿Los héroes?

—También.

—¿Los poetas?

La Muerte sonrió.

—Algunos resisten un poco más.

El hombre preguntó:

—¿Entonces para qué vivir?

La Muerte respondió:

—Porque no vives
para ser recordado.

Vives
para haber vivido.

El árbol no necesita
que alguien recuerde
su primera hoja.

La lluvia no exige
que alguien recuerde
cada gota.

Y sin embargo
caen.

Y sin embargo
crecen.

CANTO XII

LA ÚLTIMA NOCHE

Llegó finalmente
la última noche.

El hombre se sentó
junto a una ventana.

No tenía miedo.

O quizá sí.

Pero el miedo
ya no gobernaba.

Miró el cielo.

Las estrellas estaban allí.

Las mismas estrellas
que había contemplado
cuando era niño.

Entonces comprendió:

El universo
no había cambiado.

Él sí.

Había pasado
como pasa una sombra
sobre un muro.

Y antes de cerrar los ojos
dijo:

—Gracias.

No sabía
a quién hablaba.

Quizá a Dios.

Quizá a la vida.

Quizá a la tierra.

Quizá simplemente
al misterio.

Pero lo dijo.

Y sonrió.

CANTO XIII

LA MUERTE

Entonces la Muerte
se acercó.

Ya no parecía oscura.

Ya no parecía terrible.

Parecía cansada.

Antigua.

Serena.

El hombre preguntó:

—¿Siempre has estado conmigo?

—Desde el principio.

—¿Por qué nunca te vi?

—Porque estabas ocupado viviendo.

El hombre sonrió.

—¿Eres mi enemiga?

—Nunca.

—¿Entonces qué eres?

La Muerte respondió:

—Soy la puerta
que existe
porque la vida
no puede durar eternamente.

—¿Y qué hay detrás?

La Muerte miró hacia la oscuridad.

—No lo sé.

El hombre se sorprendió.

—¿No lo sabes?

—Nadie lo sabe.

Y por primera vez
la Muerte pareció tan humana
como él.

CANTO XIV

LA ETERNIDAD

El hombre cruzó.

No hubo truenos.

No hubo trompetas.

No hubo juicio.

Sólo silencio.

Y en aquel silencio
comprendió algo:

quizá la eternidad
no era vivir para siempre.

Quizá era
haber existido.

Porque ningún poder
podía cambiar el hecho
de que una vez estuvo aquí.

Una vez respiró.

Una vez amó.

Una vez lloró.

Una vez contempló
una montaña.

Una vez abrazó a alguien.

Una vez tuvo miedo.

Una vez fue feliz.

Y eso

había sucedido.

Nada podía deshacerlo.

Ni siquiera la muerte.

CANTO XV

EL ÚLTIMO CANTO

Mucho tiempo después,

en una casa que el hombre
jamás conoció,

un niño encontró
una vieja fotografía.

No sabía quién era aquel hombre.

Preguntó:

—¿Quién fue?

Alguien respondió:

—Alguien que vivió hace mucho.

El niño miró el rostro.

Después salió al jardín.

El viento movió los árboles.

Un pájaro cantó.

El sol descendió lentamente.

Y por un instante,

sin saberlo,

el niño estuvo viviendo
el mismo mundo
que aquel muerto
había amado.

Entonces comprendemos:

La muerte puede cerrar
nuestros ojos,

pero no puede detener
el amanecer.

Puede llevarse
una voz,

pero no todo lo que esa voz
despertó.

Puede convertir
un cuerpo en polvo,

pero no puede convertir
en nada aquello que alguna vez
fue verdadero.

Porque mientras alguien ame,

mientras alguien recuerde,

mientras alguien continúe,

la vida seguirá pasando
de una generación
a otra.

Como una llama.

Como una canción.

Como una antigua antorcha
entregada por manos invisibles.

Y nosotros,

los que todavía respiramos,

somos solamente
sus guardianes.

Hasta que llegue nuestra hora.

Hasta que alguien
tome nuestra llama.

Hasta que también nosotros
entremos en la noche.

EPÍLOGO

DESPUÉS DE TODOS LOS HOMBRES

Algún día
no quedará ninguno de nosotros.

Ni nuestros nombres.

Ni nuestras fotografías.

Ni nuestras casas.

Quizá ni siquiera
las ciudades que construimos.

La Tierra continuará.

Los mares continuarán.

Las montañas continuarán.

La lluvia continuará cayendo
sobre las ruinas
de nuestras antiguas ambiciones.

Y entonces,

cuando ya no quede nadie
para contar nuestra historia,

el universo seguirá siendo hermoso.

No habremos perdido.

Porque nunca se nos prometió
la eternidad.

Se nos concedió
un instante.

Y tuvimos la fortuna
de estar aquí.

De mirar.

De sentir.

De amar.

De sufrir.

De preguntar.

De existir.

Por eso,

cuando la Muerte venga
y pronuncie nuestro nombre,

no le pidamos que se marche.

No le pidamos
que nos devuelva el tiempo.

No le pidamos
una eternidad.

Digámosle solamente:

—Espera un momento.

Quiero mirar una vez más
el cielo.

Quiero escuchar
el viento.

Quiero recordar
a quienes amé.

Quiero agradecer
por haber estado aquí.

Y después,

cuando llegue la noche,

iremos con ella.

Sin coronas.

Sin riquezas.

Sin miedo.

Como llegamos al mundo:

desnudos,

pequeños,

solitarios,

pero llevando dentro
la memoria de haber vivido.

Y quizá entonces,

al cruzar la última puerta,

descubramos que la muerte
nunca fue el final del canto.

Era simplemente

la última nota

de una canción

que sólo podía existir

porque algún día

había comenzado.

--Luis Barreda/LAB
Diciembre, 2025.
Poema: Épico Filosófico 
Forma: Poema Narrarivo En Cantos.