LA LLUVIA ESCRIBE CONMIGO
Y sigue lloviendo.
Parece que la noche agotará sus horas
con una antigua letanía
y su pañuelo de relámpagos.
Hay una canción de cuna
que resuena en las latas del techo,
marca su compás
y la casa se vuelve un refugio
donde hasta el silencio tiene algo que decir,
y algo pequeño, en algún rincón,
empieza a despertar.
Afuera,
el agua se derrama sobre los caminos,
borra las huellas del día
y deja al mundo en pausa.
La miro desde el ventanal:
el vidrio suda su propia lluvia por dentro,
y cada gota que resbala
tacha una línea del día,
como si alguien borrara con el dedo
lo que ya no hace falta recordar.
Adentro,
la lluvia hace de las suyas:
se instala en el alma
con una tibieza inexplicable
y me invita a escribir.
Es entonces cuando mi pluma despierta.
Parece un duendecillo
que se despereza sobre la mesa
y empieza a manchar
los renglones de mi libreta.
No sé de dónde vienen las palabras;
tal vez las trae la lluvia
enredadas entre las gotas,
guardadas para esta noche.
Y escribo sin prisa,
escuchando el golpeteo en el techo,
mirando cómo la corriente
dibuja surcos sobre el vidrio.
Afuera la noche se desborda;
aquí dentro, la lluvia escribe conmigo
y por un instante no necesito nada más.