Hay traiciones que no hacen ruido al entrar,
que se deslizan despacio por la espalda,
como una brisa helada que empieza a calar
cuando la noche se pone pesada y mala.
No te vi venir con el puñal en la mano;
viniste con la voz mansa y de frente,
con la que solías hablarme y pedirme ayuda,
compartiendo charlas, llamándome compañero,
mientras afilabas el golpe en tu mente.
Crecí cargando cruces que no me tocaban,
aprendiendo a golpes a esquivar el dolor;
pero nunca imaginé que los que me abrazaban,
serían los primeros en venderme al mejor postor.
¿De qué sirvió tanta infancia a la intemperie,
tanto tragarme el llanto para hacerme fuerte,
si el golpe más hondo, el que rompe y infiere,
viene del refugio que creía mi suerte?
Ahora te veo caminar con tu cuota de olvido,
con las manos limpias y la conciencia de piedra;
yo me quedo en la esquina donde me has dejado herido,
mientras la memoria me desgarra y me quiebra.
No te deseo el mal, ni busco venganza en mi ruta:
el peor castigo ya lo llevas cargando en silencio...
haber cambiado la lealtad por una moneda absurda,
y vender por nada lo único que era inmenso.