Después de la muerte
quedaba una cosa intacta:
la costumbre de respirar.
La rompí.
Tragué la sombra
como quien traga una moneda
y seguí escribiendo
para nadie.
Pasé de largo.
Los ojos cerrados
también envejecen.
Era joven.
Todavía llevaba
una puerta en el pecho.
Entonces ocurrió:
un rayo de sombra
me atravesó.
No dolió.
Por eso supe
que era el principio.
Daniel Omar Cignacco © 2026
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