Un resto de ceniza gris inunda las mañanas.
El tiempo se desmorona sobre los días fríos,
mientras los brotes rotos de lo que esperábamos
se hunden en la marea densa de un mar sin puertos.
Este vacío araña la primera luz del cielo.
Es un latido leve, cautivo de la sombra,
como un insecto ciego que se pierde en el polen
buscando un falso almíbar que calme las heridas.
Un dulzor que en tus labios fue apenas el anuncio
de este desierto largo que nos dejaste.