Bajo la tierra, donde el tiempo duerme,
Perséfone custodia la frontera;
allí la muerte sus secretos pierde
y el alma cruza sola la ribera.
Llegan sin voz los muertos a su reino,
desnudos ya de nombres y memoria;
ningún poder la salva de su sueño,
ni el oro compra un sitio en esa historia.
Perséfone los mira y no condena,
conoce el peso oscuro del destino;
cada alma trae consigo una pena,
cada silencio oculta algún camino.
Mas quien desciende nunca ya regresa,
la sombra cierra el último sendero;
la vida, que presume ser promesa,
se vuelve apenas humo pasajero.
Y cuando por fin se extinga nuestra huella,
Perséfone contempla lo vivido:
no sabe el hombre cuándo nace estrella,
ni dónde acaba aquello que ha existido.
JUSTO ALDÚ / derechos reservados 2026