Los signos metálicos del piano pensativo
tocan el mayor pecado musical.
Una mano sellada cifra su fragancia
en la atmósfera que aún destila
la juventud como una herida húmeda.
El pódium permanece junto a la mordaza
de la luna sedienta de osadía,
en el último solfeo de do, re, mi,
sobre una tecla que pesa como la angustia,
donde el desenfreno de la garganta vocaliza
más allá del pentagrama de la pupila.
La voz del diapasón sostiene el arco,
atraviesa el fuelle de la música;
el acordeón despoja al silencio.
Larga eternidad, sonido exquisito,
la partitura recorre el hechizo
donde ya no existen sinfonías.
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2026
Ivette Urroz.
Ivette Mendoza Fajardo
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