La mujer que sobrevivió al invierno
Una mañana
él cerró la puerta
como quien cierra un libro
sin terminar de leerlo.
Afuera estaba el mundo,
con sus calles indiferentes,
sus árboles llenos de pájaros
y esa absurda costumbre de la vida
de continuar cuando alguien se queda solo.
Ella no gritó.
Guardó en las manos
el temblor de tantos años,
la tibieza de una cama compartida,
los nombres de los hijos,
las pequeñas cosas
que alguna vez llamaron hogar.
Él se marchó detrás de otra primavera,
creyendo que la juventud
podía comprarse
con una sonrisa nueva.
Ella quedó mirando la ventana
por donde entraba la tarde,
y comprendió que también el amor
puede convertirse en una casa vacía
cuando uno de sus habitantes
decide incendiarla.
Durante mucho tiempo
habló con su ausencia.
Le preguntaba a la noche
por qué algunos hombres abandonan
aquello que un día juraron cuidar.
Y la noche, que sabe poco de justicia,
le respondía solamente
con sus estrellas lejanas.
Lloró.
Lloró por el hombre,
pero también por la mujer
que había sido junto a él.
Lloró por los domingos,
por las fotografías,
por las manos que alguna vez
se buscaron debajo de la mesa,
por aquellos proyectos pequeños
que parecían eternos
porque eran compartidos.
Después vino el silencio.
Y en el silencio
comenzó a encontrarse.
Primero volvió a caminar sin esperarlo.
Después volvió a reír sin culpa.
Más tarde descubrió
que podía sentarse frente al espejo
sin preguntarle al rostro
por qué ya no era el mismo.
Los hijos crecieron.
La casa cambió de sonidos.
Y ella, lentamente,
fue poniendo su corazón
en lugares donde antes
sólo había fotografías.
Pasaron los años.
El invierno dejó su nieve
sobre sus cabellos
y el tiempo escribió lentamente
su historia en la piel.
Pero había algo que aquel hombre
nunca pudo llevarse:
la mujer que ella llegó a ser
después de perderlo.
Porque hay abandonos
que parecen una muerte
cuando suceden,
y sin embargo,
con el tiempo,
se convierten en una puerta.
Ahora algunas noches
recuerda su nombre.
No lo pronuncia.
Lo deja pasar por su memoria
como pasa un tren lejano
que ya no necesita tomar.
Y si alguna lágrima aparece,
no es porque quiera que vuelva.
Es porque alguna vez amó
con toda la profundidad
con que puede amar una mujer
que puso su vida entera
sobre la mesa.
Ella ya no espera.
Ha aprendido algo más difícil:
a quedarse consigo misma.
Y mientras afuera
la noche extiende sus sombras,
ella enciende una lámpara,
se mira las manos envejecidas
y comprende, al fin,
que no fue ella
quien perdió aquellos años.
Fue él
quien perdió para siempre
a la mujer
que supo amarlo.
—Luis Barreda/LAB
Montrose, California, EUA
Diciembre, 2012.
Género: poesía lírica
Forma: verso libre.