La he visto en incontables tiempos,
la he visto con rostros que duelen…
Son tan profundos los años,
mamita… mamita,
que ese transcurrir pesaroso
en los huesos cuasideformes
me conmueve.
No es solamente la vejez,
ni la presencia constante
de la abrumante confusión:
es el abandono silencioso
de nuestra historia, lo que duele.
Es el paso cansado del cuerpo,
ese lento transformarse
que llega sin pedir permiso.
Mamita… mamita,
vuelve a ser aquella dama alegre,
la que reía con la vida
antes de que el tiempo
pasara fiero
y se posara en la lozanía
de tu cuerpo y de tu rostro.
Antes de que te hiciera abandonar
la utilidad de tus cálidas manos
y convirtiera en dolor
tus dedos ahora cansados.
Antes de que llegaran, como vitrinas
de mis dos tesoros,
esos cada vez más gruesos anteojos.
Aun antes de que tu pelo platino
enmarcara tu bello rostro.
Vuelve, mamita,
a ser la mujer
que caminaba a mi paso.