No soy el rey de un imperio de arena,
sino el timón que combate la marejada,
el que en la sal de la lucha se foguea
y lleva el peso sin mostrar la pena.
Mírate bien, Anthony, sostén la mirada:
deja caer la armadura agrietada.
Tengo en las manos la huella del trabajo,
la terquedad del arado en la corteza,
que aunque el cinismo pretenda dar el tajo,
no doblo el lomo ni cedo la cabeza.
Tú, que has sido el muro de carga del destajo,
hoy te levantas con tu propia nobleza.
Fui el centinela de noches en vela,
tragando el fuego de un grito escondido;
mas el silencio que muerde y desvela
no pudo doblegar lo que se ha forjado.
Hoy la tormenta es un eco vencido
y el viejo abismo quedó sepultado.
Soy el silencio que cuida lo que ama,
el arquitecto de un muro que no cede,
el que hace verso de todo lo que duele
y en el abrazo sincero se reensambla.
Ya masticaste el veneno y la brama,
hoy la voz propia en su fuego se inflama.
Que no me digan de qué estoy construido;
conozco bien la raíz que me sostiene.
A pecho abierto cruzo la frontera,
sé de qué barro vengo y qué me mantiene
mientras haya amor bajo este techo herido,
sobra el valor para todo lo que viene.