Me gusta ver cómo ordenas los silencios
mientras la tarde cae sobre la cocina.
Estás ahí, tan de carne y hueso,
leyendo una receta que no importa,
combatiendo la prisa con tu calma de siempre.
La ciudad afuera grita sus urgencias,
el semáforo cambia de color como la suerte,
y la gente corre detrás de un minutero.
Pero aquí, entre miradas y tazas gastadas,
nosotros construimos un país sin fronteras.
No hay grandes discursos en este naufragio,
solo una tregua que nos damos los dos.
Mirarte de reojo es mi mejor estrategia,
saber que estás cerca, mi única certeza.
Cuando el reloj marque la hora del olvido
y cada quien regrese a su trinchera,
sé que me quedará tu mirada en el saco
como un boleto de ida hacia la vida.