Hoy volví a pasar por
donde la tarde degollaba campanas
y un sol, borracho,
dormía desnudo sobre los tejados,
mientras una ventana escupía violetas.
Y Dios, ya cansado,
envejecía en una hornacina
con los dedos comidos por la lluvia.
Yo conocí aquella calle.
Allí dejé una noche
mi niñez ardiendo en una botella,
dos blasfemias,
un beso
y cierta vocación por el abismo.
Busqué mis pasos.
Habían huido.
Busqué mi nombre
en las paredes húmedas.
Entonces comprendí algo:
Hay lugares
que también regresan.