Para abrir tu cuerpo
me basta el recuerdo
o esa melancolía que con astucia
se disfraza y se oculta
en la supuesta indiferencia.
Porque, solemos arañar las tardes
de ocio como queriendo
esculpir nuestras propias
voces
y de aquellos por los que
morimos en silencio,
abrazamos entonces
la oquedad de los difuntos
para balbucear sus nombres
en breves soliloquios,
porque también la distancia
mata con el tiempo
y lleva su carga entre
féretros y días
de orfandades clandestinas
en donde la memoria juega
a no querer olvidar
lo que aún nos tiene
con vida.