ateneapain.

El peso de lo dicho

No las dejes sueltas,

no las sueltes como perros hambrientos

buscando carne donde morder.

 

No las vistas de amor si saben a pólvora,

ni las pongas en la boca como moneda falsa,

brillando sin valor,

circulando entre manos vacías.

 

Las palabras,

esas criaturas traicioneras,

siembran guerra o primavera

según quien las pronuncie.

Son labios abiertos,

son lenguas afiladas,

son cicatrices con voz.

 

No las llenes de aire,

haz que respiren.

No las hagas ruido,

haz que duelan.

No las conviertas en ceniza

si alguna vez fueron fuego.

 

Que tu palabra sea puñal solo si la verdad exige sangre.

Que sea bálsamo solo si la herida está viva.

Que sea espada solo si la guerra es justa.

Y si no,

si nada de eso es cierto,

entonces que sea silencio.