La ipecacuana erige cumbres de silabario
de veinte sílabas de asfixia. Con su oxígeno
se desgasta en crisis de poesía hasta llegar
a una corneta esquiva del diccionario
que dobla, con la gentileza de las palabras,
la tibia y el peroné del margen público.
Sigue la luz bañista del dedo estéril y calcula
los tropiezos del pecho deslenguado.
Aquí, los cimientos del abrazo se zurcen
con ovillos,
se celebran dentro de paréntesis que se repiten
a sí mismos.
Las consonantes infectan
las demasías de líneas punteadas,
descalzan sus cóleras analfabetas de mar roído.
La letra del cordón es indócil;
la pizarra es la voz huérfana, más audible
que un libro evaporado sin lector.
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2026
Ivette Urroz.
Ivette Mendoza Fajardo
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