Yo tenía una agenda
con los días llenos de tu rostro.
Tenía un reloj
que marcaba las horas con tu nombre.
Tenía una mesa
unas veces a las tres, otras a las doce,
historias y dudas suspendidas
que aguardaban el hilo de tu palabra.
Yo tenía la noche para inventar tus ojos,
soñar así que me mirabas,
un atajo escondido
que me llevaba directo a tu puerta.
Yo tenía entonces
la vida para gastarla
si acaso contigo.
Es que entonces yo tenía...
yo tenía.