mauro marte

EL GALLO

 

Antes de que el mundo fuera una palabra,

antes del autobús, del asfalto y de la herida,

ya estaba escrito en el libro del Trono

el nombre de las almas que serían una sola vida.

 

El Esh y la Mayim, el fuego y el agua,

separados al nacer por un abismo ciego,

buscando en la tierra la mitad perdida en medio

del ruido, de la prisa y del juego.

 

Para que se cruzaran esa tarde de febrero,

un ángel de alas invisibles tejió la trama:

 detuvo el automóvil de él, en el sendero,

lo empujó al transporte que la tarde reclama.

 

Calculó cada segundo, cada esquina, cada paso,

mientras ella en el expreso su trinchera ponía;

ella guardaba el asiento del ocaso,

un bolso que el espacio ajeno defendía.

 

Solo tres asientos libres quedaban al viento

cuando la pareja con sus gallos vivos subió al andén;

el ángel sonrió al forzar el momento,

la paradoja perfecta que los unió también.

 

¿Dejar que la pluma y la espuela ocuparan su lado,

o ceder el espacio al hombre que esperaba de pie?

Dios movió su pieza en el tablero sagrado,

ella quitó el bolso, y el milagro fue.

 

El veintiuno de junio, bajo el sol que no miente,

la mitad de la cábala se halló frente a frente.

 

Y hoy, que el tiempo cansado y hambriento

quiere romper con sus dedos lo que el cielo tejió,

pretende desahuciar este antiguo momento

y destruir el nudo que un ángel selló.

 

Que lo intente el olvido con su arena grisácea;

 la unión de las almas no sabe de herrumbre.

Lo que Dios ha juntado en su eterna gracia

ningún tiempo cansado lo apaga en su cumbre.