Somos solo un dejo de esos besos
que se aferran o liberan,
una sombra que parece nostálgica
y alrededor de mí revolotea.
No calma mis pesares;
pensar en ti solo me marea,
como una comezón
que nada ya sosiega.
Besos con sabor a sal,
escuecen y queman...
son inmarcesibles,
como pactos sin palabras,
votos corporales
en nuestras noches de tormenta.
Dos cuerpos enlazados,
un alma desgastada,
y gotas de lluvia golpeteando la ventana.
¿Qué más pedir a la vida?
¿Cómo rogar que esta historia sea eterna,
si al salir de aquí
sé bien que nunca seré ella?