Él se lima las aristas cada alba
hasta que el cuerpo cabe en la casa
sin rozar los umbrales.
Ama el sueño de la hija como se ama
un mecanismo que no pide clemencia:
ese tic exacto de la respiración
que no le debe el nombre a nadie.
Ama también el hueco que ella deja
cuando se vuelve de espaldas.
Lo recorre con la palma
como quien palpa la temperatura
de una piedra que jamás ha sido tibia.
Ella le da el nombre de lo que se quiebra.
No alza la voz: deposita el desprecio
con la misma calma con que se abandona
un vaso sucio al fondo del fregadero.
El insulto tiene sabor a cuchara olvidada,
metal que conoció la boca
y ya no consiente conocerla.
Él trae el día enmendado, la voz más baja,
las manos que han aprendido el oficio
de no pedir. Ella no las recoge.
Las deja en el aire, donde el tiempo
las toca con dedos de moho
y las vuelve irreconocibles.
Queda la niña en medio,
aprendiendo el color de lo que no se nombra:
un gris que huele a jabón barato
y a paciencia oxidada.
Él sigue amasando el silencio
como si de él pudiera salir pan.