Cuando las luces de Nueva York
perforan la noche,
y el eco del metro retumba
en mi interior,
cierro los ojos,
y el sueño se vuelve un derroche
de tu presencia,
mujer,
mi más oscuro pavor.
No es carne ni hueso
lo que en mi mente teje,
sino el frío aliento
que se cuela en mi almohada.
Tus ojos,
dos abismos que el alba no me deja,
persiguen mi cordura
en la ciudad desvelada.
Te deslizas entre el vapor
de las alcantarillas,
en el susurro de sirenas
que se pierden sin rumbo.
Eres la grieta oculta
en los altos pilares de las nubes,
la pesadilla viva
que me arrastra al derrumbo.
¿Qué pacto has sellado
con la urbe que no duerme?
¿Qué ofrenda te doy
por robarme el sosiego?
Eres la visión que mi alma
no puede dormirse,
el terror que en cada esquina
me enciende el fuego.
Me persigues sin tregua
en el reino del no ser,
donde el asfalto es un espejo
de mis miedos.
Y yo, entre el sudor frío
y el miedo a enloquecer,
me rindo a tu sombra,
a tus crueles enredos.
Quizás este amor
sea la esencia de mi espanto,
una maldición
que mis sueños domina y corrompe.
Mujer enigmática,
tu amor es mi quebranto,
la figura que al alba,
mi descanso rompe.