Lo que hoy cuento no es mentira
sucedió en un matrimonio
porque andaban codo a codo
y en su rostro una sonrisa.
Era amor tan puro y bueno
y sus ojos, lo decían.
Él decía: —¡Mi elegida!
Y ella pronto: —¡Mi lucero!
—¿Quién era Dolores Claros?
En la historia que le cuento,
la novia de un hombre recto:
—¡Don Victorino del Gallo!
Llegó el día de la boda
con Padrinos y firmantes,
fue un domingo por la tarde
para bien y para gloria.
Y en razón de lo legal
acordaron sin distingo
unir ambos apellidos
procurando el bienestar.
Y en medio de aquella fiesta
los dos novios se fugaron
y se fueron sin pensarlo
pues la noche estaba fresca.
Esperaba una cabaña
con su luz tono amarillo
donde se fundió el idilio
de dos seres que se amaban.
Color miel pintó la luna
con su tono amarillento
y se oían hasta el cielo
los suspiros de la dupla.
Y pasados quince días
regresaron a su pueblo
muy contentos, como nuevos,
y en su rostro una sonrisa.
La mañana de un verano
fue de compras la casada
y en su paso por la plaza
le aparece un hombre extraño
que le dice, entusiasmado:
—¿Por qué nadie la acompaña,
siendo hermosa y tan galana?
—¿Si usted gusta, la acompaño?
Y la dama con su encanto
le responde: —Soy casada.
—Y es mi nombre ya en el Acta:
Dolores Claros del Gallo.
Y siguió ella su camino
al mercado por sus compras
y en la plaza se sonrojan
por el nombre y su apellido.