¿Por qué retrocedes si ayer mordiste el hierro
y abriste el agua a pulso de marea,
si ardía el pasto negro en el encierro
y fuiste el pedernal que el rayo crea?
¿Por qué callas si el labio te desgarra,
si el pulso tiembla roto ante el vacío?
Debiste hundir los huesos en la barra
y arder de golpe en este barro mío.
Temes la cal del día en la vereda;
borras la oscura huella del sendero
donde juraste que el amor se queda
cuando no queda nada en el calvero.
Ya lo presientes: cuando el canto muera
y el sol raspe la sal sobre la huella,
te apagarás en plena primavera
sin que una mano guarde tu centella.
Vuelves dócil al cerco de la sombra,
mendigo ciego de tu propio ardor;
la sorda grieta que a tu herida nombra
apenas guarda el rastro del vapor.
En la estancia desierta el tiempo pasa,
la noche imprime su señal de cal,
y mientras la ceniza se acompasa,
llueve hacia adentro, ciego y sin caudal.
JHRR