Pisa donde ya he pisado. No hay un solo palmo de polvo que tus plantas reclamen que no haya sido reclamado, enfriado y poseído antes por este filo que te aguarda.
Creerás que decides levantar el talón, pero solo cedes al espanto del fuego que empuja. La fiebre que quema por detrás te morderá la nuca hasta obligarte a pagar el tributo: otro avance, otra claudicación hacia el oeste. Eres el rezago. Eres la carga que todavía insiste en respirar mientras se arrastra hacia su propio molde. Si intentas detenerte, el agresor incandescente te reducirá a ceniza baldía; si avanzas, solo te arrojarás a la herida que ya he abierto en el horizonte.
No me busques en la fuga. Yo estoy quieta en el porvenir, apostada como una trampa de hierro que espera a su presa. Cada esfuerzo de tus tendones es una rendición geométrica; cada jadeo, el sonido de tu torpe intento por alcanzar la estatura que ya ostento sobre las piedras. Mírame: soy la vanguardia que no vacila, el decreto irrevocable erigido sobre el polvo antes de que tu carne balbucee su primer paso. Tú no eliges el rumbo: el pasado que se arrastra solo sabe caer de bruces hacia el lugar que le he confiscado de antemano.
Si miras hacia atrás, arderás ciego. Si miras hacia adelante, me verás inmóvil en el término de todas las cosas, esperándote con la paciencia de las sentencias dictadas al principio de los tiempos. Te tragaré palmo a palmo. Forzaré a tus rodillas a encajar en la silueta que he tallado sobre el mundo para humillar tu peso.
Y cuando el agresor incandescente termine de hundirse, vencido por el filo del poniente, no esperes el alivio de la nada. No habrá disolución en el abismo, sino soberanía. Yo no perderé los límites: quebraré el dique. Me desataré de este suelo para tragarme las colinas, los valles y los cielos vacíos, inundando los confines hasta abarcar la tierra entera.
La noche no es el fin del imperio; la noche es mi reino pleno, consumado al fin sin la molestia de tu arrastre.
Antonio Portillo Spínola ©