Apuras el cigarro
a la puerta del trabajo.
Tras los tornos
todo es amabilidad,
los ascensores suben y bajan
mientras te miro
lanzando la última bocanada.
Bajo un sol férvido y distante
fluye el arroyo del silencio.
Enseguida se abren las puertas.
Con paso lento
la máquina se engrana.
Un sinfín de voces
se agita.
El humo queda en los cristales
y alguien escribe un nombre que desconozco.