Cuentan los mitos de un tiempo remoto,
que Eros, el niño, vagaba sin crecer;
era una chispa, un vuelo que es corto,
dejando a su paso el corazón roto,
un breve latido jugando al querer.
Esa pasión que se enciende de prisa,
que nace y se pierde como una brisa,
así no lo quiero.
Para abrir sus alas y alcanzar el cielo,
la historia revela la ley del destino:
el amor no crece si no encuentra un eco,
como un árbol vivo no seco,
así Anteros surge en el mismo camino,
con la magia de lo divino.
Yo busco esa magia, el amor en respuesta,
donde un alma a la otra se eleva dispuesta.
Un puente de luz, un lazo profundo,
que viaje y dure más allá de este mundo.
Que trascienda toda forma, que venza a la muerte,
y en cada latido se vuelva más fuerte.
Forjado en estrellas, inmenso y radiante,
firme como el acero, puro como el diamante.
Un nexo sublime, de paz y de calma,
no solo un amante... la mitad de mi alma.