Rafael Parra Barrios

Kafka y su Gregorio Samsa

 

 

I

Gregorio Samsa nunca engañó

a la sociedad donde vivió;

aunque existió en calamidad,

subsistió en la pura precariedad.

Los atropellos y descalabros

mermaron la fuerza de su voluntad

y apolillaron su identidad.

II

En su diario trajinar

despertaba temprano

y a su trabajo acudía,

como un ciudadano

cumpliendo todos los días.

Casa, ferrocarril, trabajo.

Trabajo, ferrocarril, casa.

Un, dos, tres, abajo.

Tres, dos, uno, arriba.

La monotonía de los momentos,

su existencia vital carcomida.

III

Cierta noche empezó su mutación:

inquietud sorda, desasosiego.

En su lecho de necrosis,

el alba clausuró la ilusión:

el hombre cedía a la metamorfosis.

Tocaban a su habitación

y Gregorio, trémulo y absorto,

carecía de dirección.

IV

Y, al sentirse animal, supo

que sin ser insecto,

había vivido en el absurdo;

que el rigor del mundo

marchitó su piel;

que la familia quebrantó su alma

y el engranaje patronal lo explotó;

pero jamás conoció la traición,

aunque en la entrega perdió su ser.

V

Con su nueva investidura,

escarabajo herido y desvalido,

sin atuendos ni prendas,

entendía mejor al que veía:

el cálculo mezquino,

la burla y la hipocresía.

VI

Al final, la manzana arrojada

quebró su frágil anatomía;

una llaga enconada

selló la callada agonía,

hasta que el cuerpo feneció.

No hubo funeral, pero sí ironía:

la miseria humana,

la impropia porquería.

VII

Antes, Gregorio Samsa,

era un inteligente animal,

luego, sabandija inmortal;

su consciencia histórica

pudo al mundo demostrar

que su vivencia puede pasar

en la vida de cualquier mortal.

VIII

La verdad es que Samsa,

con su carcasa de gloria,

enalteció su historia,

su especificidad notoria.