I
Gregorio Samsa nunca engañó
a la sociedad donde vivió;
aunque existió en calamidad,
subsistió en la pura precariedad.
Los atropellos y descalabros
mermaron la fuerza de su voluntad
y apolillaron su identidad.
II
En su diario trajinar
despertaba temprano
y a su trabajo acudía,
como un ciudadano
cumpliendo todos los días.
Casa, ferrocarril, trabajo.
Trabajo, ferrocarril, casa.
Un, dos, tres, abajo.
Tres, dos, uno, arriba.
La monotonía de los momentos,
su existencia vital carcomida.
III
Cierta noche empezó su mutación:
inquietud sorda, desasosiego.
En su lecho de necrosis,
el alba clausuró la ilusión:
el hombre cedía a la metamorfosis.
Tocaban a su habitación
y Gregorio, trémulo y absorto,
carecía de dirección.
IV
Y, al sentirse animal, supo
que sin ser insecto,
había vivido en el absurdo;
que el rigor del mundo
marchitó su piel;
que la familia quebrantó su alma
y el engranaje patronal lo explotó;
pero jamás conoció la traición,
aunque en la entrega perdió su ser.
V
Con su nueva investidura,
escarabajo herido y desvalido,
sin atuendos ni prendas,
entendía mejor al que veía:
el cálculo mezquino,
la burla y la hipocresía.
VI
Al final, la manzana arrojada
quebró su frágil anatomía;
una llaga enconada
selló la callada agonía,
hasta que el cuerpo feneció.
No hubo funeral, pero sí ironía:
la miseria humana,
la impropia porquería.
VII
Antes, Gregorio Samsa,
era un inteligente animal,
luego, sabandija inmortal;
su consciencia histórica
pudo al mundo demostrar
que su vivencia puede pasar
en la vida de cualquier mortal.
VIII
La verdad es que Samsa,
con su carcasa de gloria,
enalteció su historia,
su especificidad notoria.