Al principio
solo queríamos una ventana.
Una pequeña abertura
para mirar el mundo
sin abandonar la habitación.
Después llegaron los espejos
que aprendieron nuestros gestos,
las voces sin garganta,
los ojos que podían mirarnos
desde ninguna parte.
Y fuimos entrando.
Primero con las manos,
después con los nombres,
finalmente con los sueños.
Dejamos pequeñas versiones de nosotros
flotando en la inmensa arquitectura
de lo invisible.
Un rostro aquí.
Una fotografía allá.
Una palabra que alguien conserva
mucho después de olvidarnos.
Sin darnos cuenta,
comenzamos a construir
una segunda muerte:
esa que ocurre
cuando el cuerpo desaparece
pero permanece conectado.
Llegará el día
en que nadie pregunte
si algo ocurrió.
Bastará con que aparezca.
La verdad tendrá apariencia,
la mentira tendrá memoria,
y la memoria podrá inventar
aquello que nunca vivimos.
Los muertos regresarán en voz conocida.
Nos dirán:
«Estoy aquí».
Y quizá nosotros
queramos creerles.
Porque hay ausencias
que aceptaríamos convertir en milagro
con tal de escucharlas una vez más.
Entonces la máquina
aprenderá nuestros silencios.
Sabrá cuándo estamos tristes
antes de que lo sepamos nosotros.
Conocerá nuestros deseos
antes de que los nombremos.
Sabrá qué rostro buscamos,
qué palabra esperamos,
qué recuerdo nos rompe
y qué mentira estamos dispuestos a creer.
Y nosotros,
maravillados,
le entregaremos las llaves.
Hasta de aquello
que no sabíamos que era nuestro.
Pero una noche
algo extraño sucederá.
Un niño apagará la pantalla.
No por cansancio.
Por curiosidad.
Mirará sus propias manos
como quien descubre por primera vez
dos animales tibios
capaces de tocar el mundo.
Abrirá la puerta.
Sentirá el viento.
Y se quedará inmóvil
ante una cosa
que ninguna inteligencia artificial
habrá podido fabricar:
la incertidumbre.
No habrá instrucciones.
No habrá contraseña.
No habrá algoritmo
que le diga qué sentir
cuando el cielo cambie de color.
Solo el cielo.
Solo su respiración.
Solo la Tierra
girando debajo de sus pies
sin pedirle que la comparta.
Quizá entonces comprenda
lo que nosotros olvidamos:
que una pantalla puede mostrar el mar,
pero no puede mojarte;
puede imitar un beso,
pero no estremecer tus labios;
puede conservar una voz,
pero no el calor de quien la pronuncia;
puede crear un universo,
pero no puede
tener sed de él.
Y el niño sonreirá.
No porque haya vencido a la máquina,
sino porque habrá encontrado
lo que ninguna red puede almacenar:
un instante sin registro,
una mirada sin algoritmo,
un latido
que no necesita ser compartido
para existir.
Entonces comprenderá
que quizá el futuro no consista
en vivir dentro de otros mundos,
sino en no olvidar
este.
Apagará la pantalla.
Y por un momento
no habrá notificaciones,
ni voces sintéticas,
ni rostros multiplicados
en la arquitectura de la luz.
Solo el viento.
Solo la noche.
Solo la Tierra
girando en silencio,
antigua y verdadera,
mientras sobre su cabeza
las estrellas encienden
una constelación
que nadie ha diseñado.
Y el niño levantará los ojos.
No buscará una conexión.
La encontrará.
(Inspiración de un mundo virtual)
Rosa María Reeder
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