Hay un silencio largo que baja de la cordillera,
un viento duro y frío que sacude el ventanal.
Me quedé con la infancia trunca en la orilla de afuera,
mirando cómo el mundo se volvía de cristal.
Madre, la ruta es larga, la carga pesa tanto,
y el frío de estos pagos no se aguanta sin temblor;
pero aprendí temprano a tragarme este llanto,
a defenderme a solas de la sombra y del dolor.
Tengo la fuerza ciega de quien no tuvo infancia,
un juramento hondo grabado en la pared.
Crucé los malos tiempos aguantando la distancia,
con las manos vacías y la garganta en sed.
Y aunque el destino insista con quebrarme la ruta,
sé que en la zona oscura de mi propia verdad,
pago sin compasión esta eterna cicuta,
buscando en el silencio lo que llaman piedad.
Me crié entre los escombros de castigos que no eran míos,
cargando en las espaldas una culpa que heredé;
aprendí que ser valiente es navegar por los ríos
de una condena injusta donde nunca hay una fe.
Pero mírame ahora, con la gorra y las heridas,
con la mirada dura de quien ya no sabe huir:
las promesas que hice en las noches perdidas,
son las que hoy me sostienen para no claudicar y seguir.
Tengo la fuerza ciega que no conoce el miedo,
el eco de una madre que cantaba en el adiós.
Y aunque el mundo me arrastre a este frío perpetuo,
sé que en la zona de promesas... sigo solo con vos.