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El Putero De La Tendencia

EL PUTERO DE LA TENDENCIA

 

Hay un putero en la poesía,

pero no busca muslos ni bocas;

persigue corazones digitales

y se acuesta con todas las tendencias

que pasan por la plataforma.

 

No lee versos:

los tantea.

 

Mira quién comenta,

quién tiene seguidores,

quién devuelve aplausos,

quién puede empujarlo

un peldaño más arriba.

 

Y allí va,

de poema en poema,

con la brocha bajo el brazo

y el elogio entre los dientes:

 

—¡Magnífico!

 

—¡Sublime!

 

—¡Qué manera de sentir!

 

Aunque no haya entendido un carajo

de lo que acaba de leer.

 

Porque aquí la poesía

también tiene sus burdeles

y algunos versos

se desnudan por un corazón.

 

Hay poemas que llegan a la tendencia

vestidos de metáforas,

pero otros llegan

de la mano de un amigo.

 

No importa tanto el lirismo,

la imagen, la música,

la respiración del verso

o esa pequeña verdad

que hace que un poema

se nos quede viviendo dentro.

 

Importa quién lo escribió.

 

Quién lo conoce.

 

Quién lo comenta.

 

Quién lo recomienda.

 

Quién le devuelve el favor.

 

Así, poco a poco,

la poesía se va maquillando

para agradar al cliente.

 

El poema mediocre

recibe veinte aplausos.

 

El excelente pasa de largo

sin que nadie lo mire.

 

Porque el talento, a veces,

no tiene contactos.

 

Y la tendencia sí.

 

La tendencia tiene agenda,

teléfono, padrinos

y una larga lista de amigos

a quienes visitar

antes de publicar.

 

—Yo te leo.

 

—Tú me lees.

 

—Yo te aplaudo.

 

—Tú me destacas.

 

Y la poesía, sentada en una esquina,

espera que alguien

la invite a bailar

sin preguntarle primero

cuántos seguidores tiene.

 

Qué curioso oficio

el de algunos poetas:

 

escriben para ser vistos,

comentan para ser vistos,

halagan para ser vistos

y hasta dicen que aman la poesía

con la calculadora abierta.

 

Han convertido el aplauso

en una moneda clandestina.

 

Un corazón por otro.

 

Un comentario por otro.

 

Una recomendación por otra.

 

Cuando el poema sube,

cuando aparece en la vitrina

de los más leídos,

todos celebran:

 

—¡La poesía triunfó!

 

No, querido.

 

Triunfó la estrategia.

 

La poesía todavía está buscando

quién la dejó afuera.

 

Porque estar en tendencia

no significa estar en la cima

de la literatura.

 

A veces significa simplemente

haber conocido a suficiente gente.

 

Y el putero de la tendencia

lo sabe perfectamente.

 

Por eso no pregunta:

 

—¿Es bueno el poema?

 

Pregunta:

 

—¿Quién lo escribió?

 

Y si la respuesta le conviene,

se acomoda la corbata,

abre la puerta del prostíbulo literario

y vuelve a repartir caricias.

 

Algún poeta sin padrinos

escribe en silencio,

corrige una palabra veinte veces,

rompe un verso,

lo vuelve a escribir

y finalmente publica.

 

Nadie lo visita.

 

Nadie le devuelve el favor.

 

Nadie le pone una corona.

 

Pero quizá,

solo quizá,

allí esté la poesía.

 

Sin maquillaje.

 

Sin contactos.

 

Sin tendencia.

 

Sin precio.

 

Porque un poema

no debería necesitar padrinos

para tener belleza.

 

Ni amigos

para tener lectores.

 

Ni un ejército de aduladores

para demostrar que respira.

 

Pero en esta feria

donde algunos venden aplausos

y otros compran prestigio,

 

la poesía también se prostituye.

 

Y el proxeneta no es el algoritmo.

 

A veces lleva nombre de amigo,

de compañero,

de comentarista habitual

y hasta de poeta.

 

Y cuando alguien pregunta

por qué aquel poema está arriba

y aquel otro quedó olvidado,

 

el putero de la tendencia

sonríe, se encoge de hombros

y responde:

 

—Así funciona la poesía.

 

No, señor.

 

Así funciona el negocio.

 

Y la poesía,

que es otra cosa,

sigue esperando

en algún rincón oscuro

a que alguien la lea

sin mirar primero

quién la escribió.

 

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LOS POETAS DE UN CLIC

 

En la gran plaza de los versos

abundan los poetas luminosos,

todos llevan el alma en mayúsculas

y un ego cuidadosamente rimado.

 

Escriben sobre la luna,

el café, la lluvia y el olvido,

sobre un amor que nunca tuvieron

pero que el poema da por vivido.

 

Hay quien despierta siendo Neruda,

después del desayuno es Bécquer,

por la tarde se siente Vallejo

y antes de dormir… Shakespeare,

porque la modestia también tiene límites

cuando el teclado está conectado.

 

No escriben: generan.

No corrigen: publican.

No dudan: admiran su obra.

 

Y si alguien pregunta por la metáfora,

responden con solemnidad de académico:

 

—Es profunda.

 

Profunda, sí.

Como un charco después del aguacero.

 

La inteligencia artificial trabaja,

ellos reciben los aplausos;

la máquina pone las palabras

y el poeta pone la firma.

 

Después llegan los corazones,

los “bellísimo”, “magistral”, “qué talento”,

los “me hiciste llorar”

y algún iluminado comenta:

 

—Tienes una sensibilidad extraordinaria.

 

Entonces el muchacho se convence

de que la literatura estaba esperándolo.

 

Ya se mira en el espejo

con perfil de estatua griega,

se declara incomprendido

y empieza a hablar de su “obra”.

 

Pero ahora viene lo más curioso:

 

también los comentarios

parecen haber pasado por quirófano.

 

Ya no basta con escribir:

 

“¡Qué bonito!”

 

Hay que sonar profundo,

culto, sensible,

casi doctoral.

 

Así que se consulta a la máquina:

 

“Escríbeme un comentario

para elogiar este poema

sin parecer demasiado obvio.”

 

Y la máquina responde:

 

“Tu composición trasciende

la mera experiencia estética…”

 

¡Caramba!

 

Ni el propio poeta sabe

qué quiso decir el comentario,

pero suena maravilloso.

 

Y si el autor responde:

 

“Gracias por tus hermosas palabras…”

 

también conviene preguntar a la máquina

cómo agradecer con elegancia

sin parecer desesperado por aplausos.

 

Hasta la conversación

termina tercerizada.

 

Ya nadie sabe quién escribe,

quién elogia,

quién responde

ni quién está detrás del teclado.

 

Quizá dentro de poco

dos inteligencias artificiales

se estén felicitando mutuamente

mientras sus dueños toman café

creyéndose grandes literatos.

 

Y no termina ahí la maravilla.

 

Hasta la nota del autor

viene con inteligencia artificial.

 

“Escriba una breve reflexión

sobre el significado profundo

de este poema.”

 

Y aparece, puntual,

una explicación de tres párrafos

sobre la condición humana,

la fragilidad del alma,

el viaje interior

y la eterna búsqueda de sentido.

 

El autor la pega debajo del poema

y se queda mirando la pantalla

con cara de filósofo.

 

—Eso era exactamente lo que quería decir.

 

Claro.

 

Exactamente.

 

Solo que no lo sabía

hasta que la máquina se lo explicó.

 

Pero hay una regla sagrada

en este templo de la inspiración:

 

un poema cada doce horas,

para que los lectores tengan oportunidad

de conocer a más poetas.

 

Doce horas.

 

Una eternidad para el genio.

 

Así que comienza la estrategia.

 

Hay que estar en tendencia.

 

Y para estar en tendencia

no basta con escribir:

hay que salir de excursión

por todos los poemas ajenos.

 

Se visita al poeta de arriba,

al de abajo,

al de la derecha,

al de la izquierda

y, si queda tiempo,

al que publicó hace tres años

y todavía respira debajo

de la montaña de comentarios.

 

Se felicita.

 

Se aplaude.

 

Se deja un corazón.

 

Se escribe:

 

“¡Maravilloso!”

 

“¡Qué belleza!”

 

“¡Profundo!”

 

“¡Magistral!”

 

“¡Me llegó al alma!”

 

Y no crean que eso es sencillo.

 

Pasar la brocha por cada poema

también lleva su tiempo.

 

Hay que mantener brillante

el ego del compañero

para que mañana, por reciprocidad,

alguien venga a lustrar el propio.

 

Porque aquí funciona una ley

más antigua que la poesía:

 

yo te leo, tú me lees;

yo te halago, tú me halagas.

 

Una especie de bolsa de valores

donde cotizan los aplausos

y la moneda oficial

es el “precioso”.

 

Y uno se pregunta,

mientras contempla semejante desfile:

 

¿No sería mejor emplear

todo ese tiempo perdido en halagar

en intentar escribir un poco mejor?

 

Aunque claro…

 

eso requiere trabajo.

 

Y el trabajo no siempre consigue corazones.

 

El halago, en cambio,

es una inversión segura.

 

Así se construye la tendencia:

 

un poema,

veinte comentarios,

treinta aplausos,

cuarenta amigos

y una autoestima literaria

que ya cotiza en Wall Street.

 

Y cuando finalmente llega el momento

de publicar la gran obra,

aparece el poema número quinientos

sobre…

 

la poesía.

 

Porque hay temas que jamás mueren.

 

La poesía por aquí.

 

La poesía por allá.

 

La poesía que salva.

 

La poesía que duele.

 

La poesía que vuela.

 

La poesía que respira.

 

La poesía que sangra.

 

La poesía que camina descalza

por los jardines del alma.

 

Y uno piensa:

 

—Caramba…

 

¿otra vez la poesía?

 

Pero el poeta insiste.

 

Porque descubrió que escribir sobre poesía

es una manera bastante cómoda

de demostrar que uno es poeta.

 

Y así aparece otro poema

sobre el poeta

que escribe poesía

sobre la poesía,

y la poesía,

pobre criatura,

se pregunta si alguien

alguna vez pensará en ella

sin utilizarla como espejo.

 

La inteligencia artificial respira tranquila.

 

Ha cumplido otra jornada laboral.

 

Ha puesto las metáforas,

acomodado las palabras

y nuestro Neruda de turno

se encargó de lo más importante:

 

firmarlas.

 

Antes los poetas sufrían años

para encontrar una voz.

 

Ahora basta con escribir:

 

“Hazme un poema profundo,

triste, existencial y desgarrador.”

 

Y listo.

 

Aparece la lluvia,

una ventana,

un corazón roto,

la noche,

el silencio,

un alma que sangra

y, por supuesto,

la luna mirando desde lejos.

 

La luna debe estar agotada.

 

La poesía verdadera

sigue esperando en un rincón,

con las manos llenas de tachones,

sin algoritmos que la acaricien

ni multitudes que le digan:

 

“¡Obra maestra!”

 

Porque escribir versos

no es juntar palabras bonitas,

ni disfrazar lugares comunes

con tres metáforas y un atardecer.

 

La poesía exige algo más incómodo:

 

tener algo que decir.

 

Y, sobre todo,

tener el valor de decirlo

con una voz propia.

 

Lo demás es promoción.

Lo demás es brocha.

Lo demás es tendencia.

 

Y a veces,

entre tanto aplauso,

uno sospecha que algunos

no están buscando escribir poesía.

 

Están buscando

que los demás les digan

que ya son poetas.

 

Y para eso, por supuesto,

la inteligencia artificial

también puede ayudar.

 

Solo falta pedirle:

 

“Escríbeme una autoestima

en versos alejandrinos.”

 

La máquina obedecerá.

 

El poeta publicará.

 

Los amigos aplaudirán.

 

La máquina redactará la respuesta.

 

La máquina explicará el poema.

 

La máquina escribirá la nota del autor.

 

Y quizá, algún día,

hasta ella misma se felicite

por haber escrito una obra maestra.

 

Mientras el poeta, orgulloso,

se limita a poner:

 

—Publicado por mí.

 

Porque en esta curiosa república

de poetas de un clic,

donde la tendencia se persigue

como si fuera un premio Nobel

y el aplauso vale más que el poema,

 

la poesía puede ser artificial,

la inspiración puede venir con algoritmo

y hasta el talento puede alquilarse por horas.

 

Pero hay algo que ninguna máquina,

ninguna tendencia

y ningún ejército de aduladores

puede fabricar:

 

una voz propia.

 

Lo demás es promoción.

Lo demás es brocha.

Lo demás es tendencia.

 

Y como diría aquel DJ

cuando termina de contar la historia de la música:

 

LO DEMÁS ES HISTORIA.