Hace ya varios lustros, previo al gran letargo,
nuestras letras se rozaron en un cristal de luz;
mas pasó inadvertido, y en un sendero amargo,
mi alma descendió cargando su propia cruz.
Jamás me he jactado de ser ángel de pureza,
pues bajé a los avernos a purgar mi herejía;
mi cuerpo y mi razón perdieron su entereza,
buscando entre las sombras un poco de valía.
Pude al fin erguirme de aquel abismo yerto,
sanando con los años la ruina de mi mente;
un destello de luz guio mi andar incierto,
buscando enderezar mi paso vacilante.
Mas mi espíritu, frágil, aún cede a la quimera,
a las suaves tentaciones que el alma me acarician;
y en ese umbral de anhelos, vi de nuevo tu bandera,
buscando en tus palabras las mieles que me vician.
A cuatrocientas leguas, el viento fue mi heraldo,
llevando hasta tu puerta mis versos peregrinos.
¡Oh, Gavri\'el divina, de inteligencia el saldo!
Amante de las letras y de bosques cristalinos.
Tu vocación de amparo fascina mi intelecto,
pues sanas los dolores con noble prontitud;
saberte enfermera me inspira un gran respeto,
mi Musa de Anáhuac, radiante en su virtud.
Comenzó la galantería de un modo clandestino,
cartas entintadas de un lánguido devaneo;
y en la complicidad de este oculto destino,
hice girar tu rostro hacia mi propio anhelo.
Fui dichoso al saber que mis letras te alcanzaban,
que el lícito conjuro surtía su fervor,
y al fin tus atributos ante mí se revelaban,
mostrando tu silueta, prodigio del Creador.
Cual Venus renacida del pincel de Botticelli,
admiré la cadencia de tu forma terrenal;
colinas de esplendor en un campo harto fértil,
donde el alma anhela un descanso celestial.
Tus caderas, contorno de guitarra voluptuosa,
que evocan los compases de un tango seductor;
roce de dos cuerpos en danza silenciosa,
un éxtasis sublime de prohibido calor.
Creí haberte cautivado con mi pluma y mi lamento,
mas fui yo el prisionero de tu grácil majestad.
Tristemente, el destino nos dicta su tormento:
tú tienes ya tu dueño, y yo, mi realidad.
La distancia es el velo que cubre mi secreto,
mas dentro de mi mente por siempre reinarás;
inmarcesible ensueño, mi pálpito indiscreto,
mi Musa de Anáhuac, que nunca he de olvidar.