Rafael Fernández

Antes del ocaso

Acepto que me diste mis más felices días,

así como me diste la ausencia más eterna;

no fuiste bueno siempre, y bien que lo sabías:

te molestó mi llanto si reclamé voz tierna.

 

Quise acallar mis penas, en calma contenerme,

mas siempre precisaba quien peso me quitara;

vagué entre las penumbras sin nadie que me alerte,

y hallé tan solo formas con que tu paz turbara.

 

Marcaba cada frase distancias y desvelos

que habrían de cobrarnos el precio de la cumbre;

no cupo en nuestra boca hablar sin los recelos,

y el golpe del ultraje se convirtió en costumbre.

 

Se consumía el día, subía ya la luna,

miramos nuestro pacto marcharse sin consuelo;

la dicha compartida no tuvo fe ninguna,

y fue fingido el lazo que até contra mi duelo.

 

De tanto repetirlo, lo tuve por engaño:

que aquel amor no era sincero y me perdía;

junté valor del pecho y hablé sin tanto daño,

creyendo que al marcharme la calma volvería.

 

Hoy miro hacia el pasado: la pena era de siempre;

te vi como el culpable de todo mi fracaso;

mas descubrí muy tarde que fue mi propia mente:

si ayer viví en tristeza, hoy quedo en el ocaso.

 

No tengo ya el derecho de hallar a quien me quiera,

si a todo lo que diste pagué con desconsuelo;

¿por qué darme el destino ventura en su ribera,

si al verte tan cercano dañé tu propio cielo?

 

Yo sé que hoy te levantas con rumbos más sinceros;

si ya encontraste a otro, prefiero no saberlo;

mas libre de rencores por todos tus senderos,

si el pecho te lo pide, consigas hoy tenerlo.