Acepto que me diste mis más felices días,
así como me diste la ausencia más eterna;
no fuiste bueno siempre, y bien que lo sabías:
te molestó mi llanto si reclamé voz tierna.
Quise acallar mis penas, en calma contenerme,
mas siempre precisaba quien peso me quitara;
vagué entre las penumbras sin nadie que me alerte,
y hallé tan solo formas con que tu paz turbara.
Marcaba cada frase distancias y desvelos
que habrían de cobrarnos el precio de la cumbre;
no cupo en nuestra boca hablar sin los recelos,
y el golpe del ultraje se convirtió en costumbre.
Se consumía el día, subía ya la luna,
miramos nuestro pacto marcharse sin consuelo;
la dicha compartida no tuvo fe ninguna,
y fue fingido el lazo que até contra mi duelo.
De tanto repetirlo, lo tuve por engaño:
que aquel amor no era sincero y me perdía;
junté valor del pecho y hablé sin tanto daño,
creyendo que al marcharme la calma volvería.
Hoy miro hacia el pasado: la pena era de siempre;
te vi como el culpable de todo mi fracaso;
mas descubrí muy tarde que fue mi propia mente:
si ayer viví en tristeza, hoy quedo en el ocaso.
No tengo ya el derecho de hallar a quien me quiera,
si a todo lo que diste pagué con desconsuelo;
¿por qué darme el destino ventura en su ribera,
si al verte tan cercano dañé tu propio cielo?
Yo sé que hoy te levantas con rumbos más sinceros;
si ya encontraste a otro, prefiero no saberlo;
mas libre de rencores por todos tus senderos,
si el pecho te lo pide, consigas hoy tenerlo.