Autor: Dario Daniel Lugo
La agitación del mundo es la prisa de lo fugaz.
Las ciudades arden en su propio consumo de luces,
buscando en el ruido la prueba de su existencia.
Pero la quietud permanece inalcanzable, invicta.
Ella es la sustancia que no se deforma,
el reposo absoluto donde la mente se rinde.
En su centro, la palabra se vuelve piedra,
y el pensamiento alcanza su equilibrio definitivo.