Luis Barreda Morán

Hijo De La Tierra

Hijo De La Tierra 

Hijo mío,

antes de que tus pies conocieran el polvo
ya la noche había escrito
su primera pregunta sobre tu frente.

Llegaste desnudo de nombres,
pequeño como una semilla
que el mundo todavía no sabía pronunciar,
y te puse contra mi pecho
para que escucharas
el antiguo corazón de la tierra.

No naciste para los jardines eternos.

Te tocará conocer el pan
que se gana con las manos,
la puerta que no se abre,
el invierno que entra por las rendijas
y las ciudades donde los hombres
olvidaron mirar el rostro de los hombres.

Pero escucha:

no confundas la dureza del camino
con la ausencia del amor.

Habrá días en que el cielo
parecerá una piedra cerrada,
y caminarás bajo él
como quien lleva una pregunta
que nadie quiere responder.

Habrá noches largas,
noches sin estrellas,
y escucharás detrás de las paredes
el rumor de quienes perdieron
la esperanza antes de perder la vida.

No entregues tu corazón a esas sombras.

Guarda dentro de ti
un pequeño lugar donde todavía exista
el agua.

Cuando el mundo levante sus muros,
recuerda los ríos.

Cuando te digan que naciste
para obedecer,
recuerda que los árboles
jamás pidieron permiso al cielo
para crecer.

Cuando te enseñen el miedo
como si fuera una ley,
mira las montañas:

han soportado siglos de tormenta
sin inclinarse ante ella.

Hijo mío,

alguna vez caerás.

Caerás como cae la fruta madura,
como cae la lluvia sobre los tejados,
como cae el hombre
cuando descubre que sus propias manos
también pueden equivocarse.

Pero levántate.

No para vencer a todos,
sino para no convertirte
en aquello que te hizo caer.

Ama incluso cuando duela,
pero no ames la cadena.

Perdona,
pero no olvides la herida
que todavía sangra en otros.

Y si un día encuentras
a alguien temblando junto al camino,
detente.

Tal vez allí
te esté esperando tu verdadera patria.

Yo no podré caminar siempre contigo.

Llegará la hora
en que mi voz será apenas
un recuerdo entre los árboles,
una respiración antigua
perdida en la lluvia.

Entonces no busques mi rostro en el cielo.

Búscame en la tierra.

En el olor del maíz después de la tormenta.
En la sombra generosa de un árbol.
En las manos que levantan una casa.
En la mujer que protege a su hijo.
En el hombre que comparte su pan.
En quienes todavía creen
que mañana puede ser distinto.

Y cuando la noche te diga
que todo está perdido,

no le respondas con palabras.

Enciende una luz.

Aunque sea pequeña.

Aunque apenas alcance
para iluminar tus propias manos.

Porque a veces, hijo mío,
eso basta:

una mano que no abandona a otra,
un corazón que se niega a endurecerse,
una semilla enterrada
que trabaja en silencio
contra la oscuridad.

Camina.

La tierra no te prometió descanso.

Pero te dio caminos.

Y mientras exista en ti
una gota de asombro,
una palabra de ternura,
un deseo de justicia,

ninguna noche
habrá conseguido vencerte.

—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Septiembre, 2001
Género; poesía lírica 
Forma: verso libre.