Tenía una belleza que parecía encender la noche desde dentro;
a su lado, las estrellas perdían su brillo,
como luciérnagas vencidas por el amanecer.
Su mirada llevaba una luz profunda,
una claridad tibia que hacía pequeño al universo,
como si el cielo entero
hubiera aprendido a respirar en sus ojos.
Mirarlo era contemplar un arte exquisito,
una obra que el tiempo había trazado
con paciencia sobre la piel.
Y en su sonrisa había una delicadeza
capaz de desarmar mis defensas,
de abrir lentamente las puertas
que yo había cerrado dentro de mí.
Hay días en que mi subconsciente lo busca,
como quien busca agua en medio del desierto,
siguiendo una huella que el viento borra
antes de poder alcanzarla.
Lo busca en los rostros desconocidos,
en las voces que se parecen a la suya,
en los lugares donde alguna vez
mi corazón creyó que podía encontrarlo.
Porque a veces pienso
que verlo bastaría para devolverle calma a mi alma,
aunque solo fuera por un instante,
aunque después tuviera que marcharse
y dejarme nuevamente con las manos vacías.
Y hay otros días en que mi corazón intenta rechazarlo,
no porque haya dejado de quererlo,
sino porque duele demasiado
que exista tan cerca de mis sueños
y tan lejos de ser mío.
Duele saber que puedo encontrarlo
y, aun así, no tener derecho a quedarme;
que su presencia pueda iluminarme
y su ausencia vuelva a oscurecerlo todo.
Por eso lo busco y lo evito,
lo imagino y trato de olvidarlo.
Una parte de mí todavía espera encontrarlo,
mientras la otra aprende, lentamente,
que hay personas que llegan a nuestra vida
para convertirse en hogar
y, sin embargo, nunca pueden quedarse.