Hay días en los que camino
como si una parte de mí
se hubiera quedado detenida en el pasado,
esperando algo que nunca volvió.
Y, aun así, sigo buscando.
Busco aquel cálido amanecer
donde alguna vez me hiciste sentir
que pertenecía a algún lugar.
Busco la versión de nosotros
que existió antes de que todo
comenzara a desaparecer.
Ya no escribo como antes.
Tal vez porque hay sentimientos
que se vuelven demasiado grandes
para caber en unas cuantas palabras.
O tal vez porque todavía no encuentro
la forma correcta de decir
cómo llegué a amarte tanto
y cómo, poco a poco,
he tenido que enseñarme a dejarte atrás.
Dicen que hay personas
que debemos aprender a soltar,
incluso cuando fueron
el lugar donde alguna vez quisimos quedarnos.
Y creo que esa fue mi mayor culpa:
Nunca aprendí a irme
de aquello que me hacía daño.
Me quedé.
Me quedé incluso cuando ya no había respuestas,
cuando las noches comenzaron a ser demasiado largas
y tu recuerdo se convirtió
en lo único que sabía buscar entre mis sueños.
Cuántas veces deseé no volver a llorar.
Cuántas noches desperté
con la absurda esperanza
de encontrarte todavía conmigo.
Y me preguntaba, en silencio,
si quedaba algo de amor.
Algo.
Aunque fuera pequeño.
Aunque fuera suficiente
para convencerme de que no había imaginado
todo lo que alguna vez sentí.
Pero todo lo que amé
terminó alejándose.
Y todavía no sé qué duele más:
si haberte perdido
o saber que quizá fui yo
quien nunca supo cómo quedarse.
Porque dudé.
Dudé de mí,
de ti,
de todo aquello que tenía enfrente.
Y mientras intentaba descubrir
si aquello que veía era real,
olvidé entregar todo lo que llevaba dentro.
Quizá esa sea la lección
que sigo negándome a aprender:
que no todo lo que amamos
está destinado a quedarse.
Pero hay despedidas que no terminan
cuando una persona se va.
Algunas se quedan viviendo en nosotros,
en los lugares que visitamos,
en las canciones que evitamos escuchar,
en las noches que parecen demasiado silenciosas.
Y aunque ahora intento convencerme
de que debo odiarte para olvidarte,
hay algo que todavía no puedo negar:
yo te amé.
Te amé de una forma
que quizás nunca supe demostrar correctamente.
Y tal vez nunca pueda volver
a aquel lugar donde alguna vez pertenecí.
Pero quiero creer
que algún día encontraré otro amanecer.
Uno que no tenga tu nombre.
Uno donde ya no tenga que buscarte
para sentir que existo.
Y cuando llegue ese día,
quizá comprenda que perderte
no significaba perderlo todo.
Quizá simplemente significaba
que también debía aprender
a encontrarme a mí.