Anoche me dio por pensar en ti
y mis ojos se llenaron de agua.
Pero esta vez no lloré por tu ausencia.
Lloré por reconocerme.
Por recordar al hombre
que durante meses se hablaba a sí mismo
con la voz de alguien que tenía miedo de perderlo todo.
Vivía con el teléfono en la mano
como quien sostiene una puerta
para que no se cierre.
Esperaba mensajes,
respuestas,
señales,
cualquier cosa que hiciera menos grande
el espacio que llevaba por dentro.
Y mientras esperaba,
me fui convirtiendo en silencio.
No el silencio tranquilo de ahora,
sino ese otro,
el que uno hace para no decirse la verdad.
Después vino el caos.
Días que empezaban en la cabeza
antes de empezar en el mundo.
Noches enteras negociando con recuerdos.
Conversaciones que ya habían terminado
repitiéndose dentro de mí
como una canción que nadie se atrevía a apagar.
Hasta que un día
me cansé de escucharme sufrir
por cosas que ya no estaban pasando.
Y empecé, despacio,
a volver a mi propio cuerpo.
A dormir sin esperar una notificación.
A comer porque tenía hambre
y no porque necesitaba ocupar las manos.
A caminar sin mirar hacia atrás.
A dejar el teléfono boca abajo
y descubrir que el mundo seguía ahí.
Ahora hay tardes
en las que no pasa absolutamente nada
y, por alguna razón,
eso me parece extraordinario.
El aire entra por la ventana
y no necesito ponerle música.
La luz cae sobre el suelo
y no tengo que fotografiarla.
Hay una versión de mí
que por fin puede quedarse en una habitación vacía
sin sentir que algo falta.
Todavía pienso en ti.
Claro que sí.
Pero ya no me abandono cuando lo hago.
Ese es el cambio.
Antes un recuerdo podía llevarme entero.
Hoy apenas me toca el hombro
y sigue su camino.
Sigo siendo un enamorado en recuperación,
pero ya no estoy intentando volver a ser quien era.
Estoy aprendiendo algo mucho más extraño:
ser alguien
que no necesita perderse en otro
para sentirse completo.
Y todavía no sé exactamente quién soy.
Pero ya no me asusta no saberlo.
Porque después de tantos meses
de hacer ruido para no escucharme,
por fin puedo sentarme conmigo
y escuchar el aire.
Y ahí,
sin mensajes,
sin explicaciones,
sin nadie al otro lado,
me encuentro.
No perfecto.
No curado.
Pero mío.