Ricardo Castillo.

El evangelio de los caídos Canto I - La ciudad de Baal

El evangelio de los caídos
Canto I
La ciudad de Baal

Yo, espectador pasmado de este siglo,
con los ojos abiertos
mientras el tiempo devora mis pupilas,
me interno
en las fauces de su propia oscuridad.

Estoy lejos de casa. La busco con la mirada en el horizonte del alba; a mi paso, las luces de neón se resisten a morir bajo el día. Sé que hay otros lugares, más acá, junto a la costa, que mis pasos no conquistarán. Lugares cercanos como una herida y, sin embargo, inaccesibles.

Veo pasar los rostros de antiguas victorias. No son más que máscaras, máscaras que todavía ignoran su derrota. El viento mueve la espiga, la copa de los árboles, la hoja de papel; allí, en esas cosas pequeñas que tiemblan, todavía descansa el hálito de vida.

A mi regreso, oh ciudad de ventanas cerradas y sueños mutilados, encontré hombres amanecidos exhalando pensamientos como humo.

Mujeres huesudas que no quieren comer, no porque falte el pan, sino porque Baal gobierna su corazón, su estómago. Baal, devorador de la voluntad. Baal de los anuncios luminosos, del bisturí, de la píldora, de la cinta métrica.

Cuerpos harapientos bucean entre la basura, mendigan centavos para la roca, duermen a las puertas de los bancos de Wall Street. Rituales menores de una tribu sin templo.

Corro entre el ruido metálico de las monedas caídas, el motor y el crujir del cielo oxidado. Sin el fuego gaseoso del sol ni la piedra lunar. Solo el moho, la gripe, el hollín.

Bajo el filo del frío que corta la piel, sé que la urbe ya no reza.

Y corro como un fauno desnudo por el pasillo del fin del mundo, como un semidiós expulsado de una suite suntuosa, con vino todavía en los labios y caviar en las uñas. Voy hacia ninguna parte, aullando mi evangelio de derrota y júbilo, mientras Baal se ríe y lo mastica todo hasta volverlo una sola materia, algo que pueda respirarse o comerse, para devolverlo después a su estado postrero.

He atravesado el alba. He llegado al amanecer como quien llega, por error, a un milagro: un estallido de compasión divina en medio del concreto resquebrajado. Una orden ancestral, una palabra en hebreo antiguo, resonaba en mi pecho como tambor. Una voz sin rostro que aún ordena las tinieblas de la mente moderna.

Ahí estaba yo, sentado como un loco en la antesala del infinito, esperando un turno que no recordaba haber pedido. Tenía la garganta en llamas. Sed de ayahuasca, de fukuju, de peyote y de agua; sed de cualquier cosa capaz de atravesarme y lavarme el alma.

Avergonzado, sediento, incomprendido, vestido con un sueño en harapos. Mi perro y mi gato esperaban conmigo a la orilla del Estigia. Caronte tardaba en llegar. Ellos miraban el agua con las patas mojadas. Y no sabía si aguardábamos para cruzar o para regresar.

Oh, oscuridad profunda, ríete de mis cimientos desmoronados. Ya no importa. Yo te vi la cara en los muros mugrosos que cercan a los hambrientos, en los anuncios que prometen sonrisas verdes a cambio de una deuda infinita.

Recuerda que te di la espalda cuando me ofreciste la comodidad sin alma, la fe embotellada, la abundancia podrida.

Porque, aun caído, llevaba las alas tatuadas en la espalda. No podía volar, pero regresé al jardín del despojo por mi espada oxidada.

Tú que gobiernas con el dólar, el miedo y la guerra, ¿quién soy yo para despreciar tu poder? Nadie. Y, sin embargo, lo hice.

Me recluí en una tierra pobre para tus ojos, donde el oro no vale nada. Comí los granos y las bayas caídas como un animal libre bajo la lluvia. Por un instante no tuve nombre, ni deuda, ni destino. Solo hambre. Solo lluvia.

Mientras tanto, tú habitabas en los hombres sin corazón, los de sangre azul, no por linaje, sino por la tinta de lapicero que corre por sus venas y firma contratos, sentencias, ruinas, guerras.

Heme aquí, en las ruinas ardientes de la civilización, siendo nadie. Una sombra entre la bondad y la indiferencia, una chispa temblorosa en el páramo de los días.

Doy órdenes a mi mente como un general sin ejército y abrazo mi corazón ardido, brújula rota en medio del infierno. Como un argonauta ciego, miro más allá del humo y la ceniza, hacia el vellocino de oro, hacia las victorias futuras que ya cantan su nombre en la garganta de los que aún no han nacido.

Ricardo Castillo
De: El evangelio de los caídos