Dejemos los hombres de hablar
de las mujeres. Abramos
la Universidad a las mujeres
y que sean ellas las que escriban
de sí mismas.
—Severo Catalina
Ella, franquea
la puerta de la Fábrica
de Tabacos, una lágrima
no aguanta el dique
de sus párpados, sale
cara abajo, se bifurca
y se pierde en su máxilar
afilado, como dibujado
con tiralíneas, seco
de los nervios de una noche
en blanco, Derecho,
un padre orgulloso la sigue
detrás, para que las miradas
de admiración vayan a ella,
decidida encamina
el pasillo de las aulas,
la treinta y cuatro, a partir
de hoy mi número favorito
—se dice entre dientes—;
engrosa la cola que por azar
se ha formado para entrar,
el profesor espera en la cátedra,
ella viste discreta, no debe
ni quiere llamar la atención,
no es fea, tiene una mirada
inteligente, despabilada,
me parece atractiva —el padre
me mira; parece advertir
algo en cómo le presto atención—.
Entra y ocupa su pupitre,
el treinta y cuatro, se maravilla
de la coincidencia, los nervios
van dando paso a un placer
no antes experimentado,
vislumbra que algo...