Sos tan hermosa.
Probablemente tenías que serlo.
No tuviste escapatoria.
Ni vos. Pero tampoco yo. Ni nadie.
Me pesan los ojos al mirarte.
No es dolor.
Es desmesura.
No poder con tanta aparición.
La luz es tuya.
Se te queda en la cara
como la sal en la piel
después del mar.
No te salva.
Te nombra.
Te deja ahí, incendiada.
Como si fueras la gota
que rebalsa el vaso.
Y el vaso, el mundo,
con su agua común
y su sed mal parida.
La belleza te eligió, mal,
a contratiempo.
Pero te eligió a vos.
Nadie te preguntó.
Nunca se preguntan
las cosas que condenan.
Pero eras la respuesta.
Con tu cansancio,
con tu silencio,
con esa manera tuya
de estar cerca pero de lejos,
sos tan hermosa.
Aunque quisieras,
no podrías dejar de serlo.