Ya no me queda aquel poder vanidoso,
aquella fuerza ciega que te hacía volver la mirada
y regalarme de nuevo el quiebro de tu sonrisa.
Se ha extinguido el halo con que te envolvía,
ese presagio que esperabas temblando
entre las sombras breves de las sábanas
en las noches amargas de la ausencia.
Ya no sueño con llegar a besarte.
Se han apagado las ganas y los pasos
para volver a caminar juntos bajo la lluvia,
perdidos entre las luces en movimiento
de esa ciudad rugiente
que amábamos odiándola a la vez,
esa bestia de humo que nos atrapaba
en la red de nuestro amor indolente,
imprevisto y anárquico,
pero extrañamente ordenado en su propia tormenta.
Hoy la ciudad sigue ardiendo sin nosotros,
las sábanas son solo tela fría
y yo soy apenas el fantasma de un rey despojado
que contempla, en silencio, las ruinas de su propio imperio.
El desamor no es opuesto al amor, es una transformación dolorosa de un vínculo, que en este caso nace desde una dinámica del ego, nada recomendable, pero que existe por desgracia