Es muy fácil
dejarse llevar.
Dejar que tu mente
idealice a alguien.
Convencerte de que alguien
significa el mundo para ti,
incluso antes
de permitirle a esa persona
darse cuenta de ello.
Pero es aún más fácil
permitirle a la imaginación
hacer lo que le dé en gana.
Dejarla construir
un mundo de ensueño perfecto
donde todo salió
según lo planeado.
Quise sacarte
de mi cabeza,
pero para mi mala fortuna,
ya habías llegado
al corazón.
Y cuando decidiste irte,
por un tiempo
sufrí de un raro tipo de tristeza.
No se trataba
de una tristeza normal,
de esas que simplemente
te provocan el llanto.
Se trataba de ese tipo
de tristeza
que te vacía
el corazón.
Que corroe
tus pensamientos.
Una tristeza que termina
afectándote el alma.
Aunque debo reconocerlo,
soy ingenuo.
Y sé que peco de inocente
al pensar esto,
pero no estoy
molesto contigo.
Decidiste que yo
no era lo mejor para ti.
Y sin importar
cuáles fueran
tus circunstancias,
¿Cómo podría enojarme
porque decidiste
que lo mejor
para tu vida
era que yo
no formara parte de ella?
Aun así, eso no significa
que pueda
desearte lo mejor.
Porque decidí
no gastar
mis deseos en ti.
Nunca más.
Y no es que quiera
ponerme a prueba.
Tengo miedo
de que no pase.
Pero me aterra
aun mas que sí lo hagas.
Que vuelvas.
Porque si lo hicieras,
no podría volver
a enamorarme de ti.
Puede que la carne
me traicione.
Puede que sea capaz
de volver a probar
tus labios,
de volver a tocar
tu piel.
Pero no volvería
a abrirte la puerta
de mis sentimientos.
Todo esto
para mí es suficiente.
No más palabras bonitas.
No más confusiones.
No más intentar
encontrarle sentido
a lo que pasó.
Como un juguete
olvidado en un parque.
Como una flor
que consiguió crecer
entre el pavimento,
solo para terminar
siendo pisada
por algún distraído.
O simplemente
como el sol
cuando finalmente
se oculta al atardecer.
Sin importar qué fui,
yo ya terminé.