Aprender a arriesgar
es parte de algunas vidas,
no de todas; es parte de amar,
es parte de vivir, soñar y ambicionar.
Aprender a arriesgar
es meditar ante la oportunidad,
estudiarla, cotejarla, sin olvidar
los puntos débiles de cualquier plan.
Aprender a arriesgar
es apostar cuando nadie apuesta,
no hacerlo cuando parece que toca,
y saber cuándo avanzar
y cuándo es mejor esperar.
Aprender a arriesgar
es acostumbrarse a la incertidumbre,
al entorno incierto de la inmensidad,
a no conformarse con una vida
vivida siempre a mitad.
Aprender a arriesgar
es saber siempre sorprender,
no ser previsible, desconcertar,
atreverse a cambiar de rumbo
y no dejarse simplemente llevar.
Aprender a arriesgar
es diversificar los riesgos,
abrir siempre distintos caminos,
porque es más difícil fallar en todo
cuando existen varios destinos.
Aprender a arriesgar
es parte de algunas vidas:
de empresarios y autónomos,
de quienes aman sin garantías,
y de quienes persiguen sueños
que otros llaman temerarios.
Aprender a arriesgar
no es dejar de tener miedo;
es mirarlo de frente,
aceptar que nunca hay certezas
y caminar igualmente.