Después de mi silencio
Cuando llegue esa hora
en que mi nombre se vuelva silencio
y mi sombra abandone lentamente
los lugares donde alguna vez fui,
no cierres las ventanas del recuerdo.
Déjame existir
en la pequeña luz de la mañana,
en el rumor del agua contra las piedras,
en aquella canción que alguna tarde
nos encontró desprevenidos.
No hagas de mi ausencia
una casa oscura.
Yo habré dejado en el mundo
algunas cosas diminutas:
una palabra entre tus libros,
el calor de una mano en tu memoria,
una risa escondida en algún rincón de la tarde,
el aroma de la lluvia
sobre la tierra que tantas veces caminamos.
Y si alguna vez me buscas,
no pronuncies mi nombre con tristeza.
Búscame donde la vida continúa
sin pedir permiso:
en la hoja que tiembla,
en el pájaro que cruza el cielo,
en el mar que golpea obstinado
contra la misma orilla.
Porque amar no termina
cuando el cuerpo aprende el silencio.
Hay afectos que permanecen
como raíces debajo de la tierra,
invisibles,
pero sosteniendo todavía
el árbol de los días compartidos.
Por eso, cuando pienses en mí,
no me construyas un monumento de lágrimas.
Abre la puerta.
Mira la tarde.
Deja que entre el viento.
Y si una luz inesperada
se posa sobre tu rostro,
piensa solamente
que alguna parte de aquello que fuimos
todavía sabe encontrarte.
Entonces sonríe.
No para negar la ausencia,
sino para decirle a la vida
que, mientras existió nuestro encuentro,
la muerte nunca pudo llevarse
todo lo que nos dimos.
—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Diciembre, 2022
Género: poesía lírica
Forma: verso libre.